Blog / Creatividad

Un universo entre cuatro paredes

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Rafa Llacer · 12 jul 2016

El estudio de Nömad en Sevilla se convierte en un collage de objetos y recuerdos, evocando la creatividad de las vanguardias y la capacidad de transformar lo cotidiano en fuente de inspiración.

Un tablero repleto de fotografías, recortes, pegatinas y entradas de conciertos es una imagen habitual en muchos hogares. Incluso quienes no cuentan con uno propio, pueden reconocerlo fácilmente en casas ajenas. Sobre esta superficie, imágenes y palabras de diversa procedencia conviven sin prejuicios, mezclando recuerdos personales con iconos de la infancia o estampas de lugares remotos. De modo similar, los Beatles plasmaron su propio universo en la portada de Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, rodeados de figuras tan dispares como Oscar Wilde, Albert Einstein o Marilyn Monroe.

Décadas antes, Max Ernst, figura destacada del dadaísmo y el surrealismo, definía la creatividad como esa capacidad de reunir realidades distintas y provocar una chispa mediante su yuxtaposición. El tablero, en su materialidad, opera de manera semejante: ajeno al individuo, colgado en la pared, une elementos en apariencia inconexos, generando un espacio donde puede surgir la inspiración. Quizá por ello, Ramón Gómez de la Serna, representante de las vanguardias en España, creó su célebre estampario. En su estudio de la calle Velázquez, en Madrid, fue componiendo un collage personal con fotos y recortes, mientras recogía objetos de El Rastro. Su despacho se transformó en un almacén de curiosidades, un museo particular de objetos rescatados del olvido.

Hoy, a muchos kilómetros y años de distancia de aquel espacio saturado de greguerías, en la calle Fernando IV de Sevilla, la escena se repite en el estudio de Nömad. No es raro ver a transeúntes detenerse ante el escaparate, intrigados por el interior. La sorpresa y las preguntas son inevitables. En este estudio también se han ido acumulando objetos, aunque en esta ocasión proceden de Wallapop en lugar de El Rastro. Un antiguo horno turquesa recibe a los visitantes, mientras máquinas de escribir, videoconsolas y cámaras de fotos aparecen en los rincones más insospechados. Una escalera de madera conduce a ninguna parte y una motocicleta cuelga del techo, evocando el ambiente de un taller de mecánica. Incluso hay quien entra pidiendo usar el baño, recordando que el local fue antaño un bar, del que aún se conservan la barra y los azulejos de la fachada.

Tras largas jornadas de trabajo y un flujo constante de ideas, la creatividad puede agotarse. La chispa de la que hablaba Ernst no es inagotable; pocos la desarrollan plenamente y, cuando lo hacen, suele ser efímera. En esos momentos, conviene detenerse, cambiar de perspectiva. En el estudio, tras la barra, se encuentra un gran tablero de pizarra donde cualquiera puede dejar un dibujo o una frase. Si esto no basta, basta con alzar la vista: una máquina tragaperras tumbada sirve de mesa y un ciervo de cartón observa desde su rincón, desafiando la imaginación de quien se atreve a sostenerle la mirada.

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